(8 octubre 2017)
El tema/problema es lo suficientemente amplio como para dedicarle una página específica.

(tengo que traer aquí el libro "superficiales" de Nicholas Carr que tengo en otro lado. Es una referencia fundamental.



Captura de pantalla 2017-10-08 a las 13.28.41.png
(8 octubre)
Este reportaje lo he podido medio-leer gracias al traductor de páginas de Google (la imagen es una captura de pantalla de esa traducción). Lo conocía gracias a Jorge Riechmann hace unos días. He solicitado a Ignacio Escolar
que lo incluya en eldiario.es. Si, por alguna razón, no lo hacen, haré aquí un resumen chapucero de una pieza que me parece muy interesante e importante.
ff.png
(septiembre 2017)

Menos extenso que el siguiente, pero hace hincapié en una de las consecuencias.
Interesan sobre todo los enlaces.
download-5-1.png
17 septiembre 2017)
Una magnífica síntesis sobre un problema capital en la transalfabetización.

(resumen propio)

¿Y si tener el mundo en el bolsillo no nos está haciendo mejores ni más sabios? Surgen voces de alarma de que el smartphone, ese arma poderosa de información masiva,
se está volviendo en nuestra contra para convertirse en un arma de distracción masiva.
Éstas son las señales:
  • Nos cuesta más concentrarnos. Vamos “de oca en oca”, sin poner consciencia, con una atención demasiado predispuesta a abandonar el barco a las primeras de cambio.
  • No recordamos nada. Algunos lo llaman “efecto Google”.
  • Tememos perdernos algo. Así que al clásico consumo aspiracional de querer lo que no tenemos se suma ahora la angustia de no poder disfrutar de lo que estamos haciendo
porque a la vez sabemos que algo nos estamos perdiendo.

Nuestro cerebro no ayuda

La química rema en nuestra contra. El cerebro, que se muere por el estímulo y la novedad, es un auténtico monstruo de las galletas de información. Busca desesperadamente estar conectado.
Y, por si fuera poco, vive de la gratificación.
Hay estudios que relacionan nuestra tendencia a chequear compulsivamente el correo electrónico y las redes sociales con la adicción a las máquinas tragaperras. Es la expectativa de obtener
una gratificación lo que hace que miremos nuestro móvil ¡entre 80 y 110 veces al dia!

Estamos diseñados para distraernos.

Poder estar atentos a cualquier estímulo garantiza nuestra supervivencia como especie. El problema es que la velocidad de los estímulos crece sin parar porque en la era digital todo se ha acelerado.
Sin embargo, la atención es algo difícilmente divisible. Dicen los expertos en neurociencia que solo podemos hacer bien dos cosas a la vez cuando una de ellas se puede automatizar.
O sea, que no es posible hablar y escribir simultáneamente en condiciones porque ambas actividades implican un esfuerzo cognitivo. Lo que sucede, aunque no lo parezca,
es que repartimos alternativamente la atención entre las dos.

La multitarea nos dispersa

Los estudios sobre cómo afecta la multitarea a la atención, al humor y al estrés resultan reveladores. Cambiamos de pantalla (o sea de atención) cada 47 segundos. Las personas muy proclives a la
multitarea, los denominados heavy multitaskers, eran los más propensos a la distracción y los que tenían menor capacidad de concentración.
Linda Stone, miembro del consejo asesor del MIT Media Lab, ha desarrollado un interesante concepto: la Atención Parcial Continua (APC) que conceptualiza el hecho de prestar atención
a varias fuentes de información pero de manera absolutamente superficial. Y demuestra cómo esta actitud de conexión permanente para no perdernos nada nos pasa factura en forma de estrés
y cómo pone en riesgo nuestra capacidad para tomar decisiones.
Porque la capacidad de prestar atención sostenida y en profundidad es lo que da pie a la creatividad y propicia que surjan ideas realmente novedosas.

Las mentes errantes son mentes infelices

Al menos así lo afirma un artículo de la revista Science publicado en noviembre de 2010 (“A wandering mind is an unhappy mind”), de Matthew A. Killingworth y David T. Gilbert,
La buena noticia es que hay remedio: la dificultad para centrarnos es reversible. Dado que el cerebro tiene una gran capacidad para reeducarse, podemos mejorar con entrenamiento.
Ya existen técnicas de desconexión digital y de gestión de la atención.

Pero, ¿son siempre malas las distracciones?

Expertos como Enrique Dans defienden la idea de que la hiperatención nos hace más eficientes. Dice que hacerlo es una capacidad que se desarrolla y se entrena, que es posible aprender a gestionar
las interrupciones y volver rápidamente a la tarea anterior.
Sea como fuere, el hiperestímulo ha resultado no ser del todo malo. Parece demostrado que la capacidad de comprensión lectora ha mejorado. Muchos han aprendido a “leer en diagonal”
y distinguen rápidamente qué e-mail hay que contestar de modo urgente y cuál puede esperar. Hemos aprendido a interrumpirnos a nosotros mismos con un “caramelo digital” cuando la tarea nos cansa.
En cualquier caso si, como parece, nuestra atención es un campo de batalla de marcas y corporaciones que saben bien cómo mover los hilos para atraernos con interacciones ligeras y reforzantes,
solo quienes aprendamos a cultivar nuestra concentración disfrutaremos de una mejor calidad de vida.